El oro que se utilizaba para restaurar los grandes retablos e imaginería religiosa había que prepararlo en unas finísimas hojas, tras un lento y complejo proceso. Este trabajo corría a cargo del batihoja. En el año 1997 Manuel Giraldo era entonces el mejor representante artesanal de este viejo oficio en su pequeño taller de Madrid. Poco tiempo después tuvo que cerrar debido al proceso industrializado en la fabricación del pan de oro.